Sincericidio Colectivo

Sincericidio Colectivo


Ignacio Alonso
Coach certificado por ICF
ignacio@cambyo.es

Unos de los conceptos que manejo en mis sesiones de coaching es el del sincericidio, que consiste en expresar lo que se piensa de los otros sistemáticamente y sin medida, normalmente cuando no nos gusta.

El sincericidio tiene las siguientes características:

– Es una opinión sincera.

– Se expresa sin pedir permiso ni esperar a un contexto adecuado.

– Se hace sin tener en cuenta el impacto emocional que va a tener en el otro.

– No tiene un para qué, un objetivo, más allá del de desahogarse uno mismo.

– Tiene la excusa perfecta: “Soy muy sincero”.

– Parte de una creencia más o menos consciente: “Mi opinión tiene que ser manifestada”

Como el propio nombre indica, el sincericidio, más allá del impacto emocional desagradable que puede ocasionar a los demás, tiene enormes costes para el propio sincericida fundamentalmente a nivel relacional, pues las personas no están siempre preparadas para escuchar nuestra opinión sobre ellos, o simplemente no siempre quieren hacerlo. Es por eso por lo que el sincericida suele, sin darse cuenta, entrar en el espacio emocional de los otros de forma furtiva, incurriendo en constantes “allanamientos de morada emocionales”. Es frecuente que eso genere un gran rechazo entre las personas que se encuentran a su alrededor.

Un factor suele incrementar nuestra pulsión sincericida: el ego, que es el que nos viene a susurrar al oído “eres muy sincero” o “tu opinión tiene que ser dicha”. En contrapartida, otro factor la reduce: la empatía, la que nos ayuda dejarnos de mirar el ombligo para poner una parte de nuestro foco en los otros y así cuidar nuestras relaciones.

El sincericidio no es algo nuevo, sin embargo, sí lo es un fenómeno sociológico que lo potencia como la gasolina al fuego. Se trata de la nueva capacidad que todo tenemos desde hace pocos años de emitir opinión de forma impersonal o incluso anónima, dirigida a una multiplicidad de receptores a veces también anónimos y sin rostro, de forma inmediata y sin reposar. Esa capacidad se llama “redes sociales”.

Las redes sociales reducen nuestra capacidad empática porque:

  • En lugar de establecer una comunicación de uno a uno, la establecen uno a muchos, con lo cual el otro se convierte en un ente despersonalizado y fragmentado con el que es muy difícil, si no imposible, empatizar.
  • En lugar de establecer una comunicación directa, en la que puedes ver los ojos de tu interlocutor, sus gestos, la posición de su cuerpo, etc. se establece una comunicación indirecta, en la que la reacción a lo que se expresa se produce en un momento y un lugar diferente y alejado.

Estas dos características reducen nuestra capacidad empática y dejan vía libre y sin contrapesos a nuestro ego, que fácilmente puede sucumbir a la tentación de llenarle bien la panza a la creencia “mi opinión tiene que ser dicha” buscando, además, el máximo impacto, “no vaya a ser que pase desapercibida”.

Siento que abordar este fenómeno es uno de los retos relevantes a los que nos enfrentamos hoy en día como sociedad, y juega un papel importante a la hora de dar respuesta a temas como el de la libertad de expresión, el odio o la incitación a él, la aceptación de la diversidad, o lo que podríamos dar en llamar el afecto social o, recuperando el término ilustrado, la fraternidad.

¿Cómo podemos incrementar los niveles de empatía en las redes sociales? ¿Cómo podemos evitar el sincericidio colectivo?