PELIGROSA ayuda (primera parte)

PELIGROSA ayuda (primera parte)

Usoa Arregui
Coach certificada por ICF y Abogado
usoa@cambyo.es

El verano lo perfilamos como una época de disfrute, relajo y diversión. Sin embargo, a veces, volvemos de vacaciones con una sensación agridulce por haber tenido fricciones innecesarias e inexplicables. Pese a que las causas pueden ser muy variadas, hay una – realmente común – que impacta especialmente en mi vida: la ayuda.

La acción de ayudar, aunque tiene una apariencia bondadosa y amigable, encierra desafíos mucho más complejos de lo que imaginamos.

Mi más reciente encontronazo con la ayuda tuvo que ver con una noche en la que yo salía de viaje tarde, pero previamente me había propuesto acompañar a mi hija de seis años hasta que se durmiera. Ella estaba apenada porque iba a ausentarme un día y medio, por un imprevisto familiar. Como es lógico, estaba alterada y sobreexcitada por la situación y a ello se sumó que, al contrario que otros días, me la llevé a dormir antes que a su hermano y sus primos mayores. Aún y así, ya eran las once de la noche. Se puso a llorar quejándose de ser la prima pequeña, y pidiéndome que la durmiera tarde. A su vez, yo trataba de razonar con ella sobre el hecho de que las once de la noche ya era tarde y que, una vez ella se durmiera, a mí se me presentaría un viaje de hora y media en coche y un madrugón de campeonato al día siguiente. A ella se le desató una rabieta y yo le estaba diciendo que si seguía así, me tendría que ir sin acompañarle mientras se durmiera. Y en ese momento apareció “la ayuda”: mi marido. Sin conocer los detalles de lo que yo estaba conversando con la niña y, sin saberlo, contradiciéndome, se tumbó al lado de la niña y añadió “¡ya te duermo yo!”. Confieso que me hirvió la sangre. Yo llevaba un proceso de negociación con mi hija, le estaba poniendo unos límites, no había pedido ayuda a nadie y, mucho menos, de aquella forma que a mi me pareció que cuestionaba mi hacer. Le reproché que hiciera de “poli bueno” y le “eché” de la habitación muy malhumorada. El resto de la historia con la niña es intrascendente a estos efectos, solo añadir que se durmió estupendamente. Cuando comenté con mi marido lo mal que me había sentado su intervención, él repetía que “sólo” quería ayudar, y evidentemente también estaba molesto. Comprensible.

Pues bien, hay dos reglas de oro para que la ayuda no genere dificultades como las que acabo de describir:

Sólo se da ayuda cuando te la piden; ya que lo contrario puede ser percibido como un cuestionamiento de la capacidad de la otra persona (aunque no necesariamente lo sea).

Cuando se necesita ayuda, se pide; ya que los demás no son adivinos de nuestras necesidades (sobre esta situación se me ocurren también numerosos ejemplos de malentendidos). Por su trascendencia, desarrollaré esta idea en mi próximo artículo.

En ambos casos, cabe preguntar al otro si se desea algún tipo de ayuda, pero ojo con los tonos que implican más una afirmación que una pregunta neutra….

Sin duda, si mi marido me hubiera preguntado tranquilamente si deseaba que me ayudara, me habría resultado más fácil no vivir su ofrecimiento bienintencionado como una intrusión en mi gestión familiar. E incluso, habría podido aceptarla de buena gana. Pero tal y como lo hizo, lo viví más como una imposición o juicio sobre mi incapacidad, que como algo realmente útil.

Por dar otro ejemplo, el otro día me hablaba también un amigo de cómo le molestaba que su pareja hiciera de madre, en contextos en que le decía – en clave de ayuda – cómo tenía que resolver algunas cuestiones. Me vienen a la cabeza infinitas situaciones que escucho y vivo personal y profesionalmente.

En fin, por mucho que nos cueste (sí, paradójicamente a mí también), bien vale la pena aprender a no dar (imponer) la ayuda si no nos la piden ya que es “peligroso”. Y antes de que, con razón, tengáis la tentación de cuestionar que también se puede aprender a recibir ayuda, esperad a leer este artículo inacabado sobre la ayuda dentro de dos semanas…;)