No lloréis

No lloréis


Ignacio Alonso
Coach certificado por ICF
ignacio@cambyo.es

Asistí hace un tiempo a una ponencia en la que una persona de éxito contaba la historia de cómo había logrado alcanzar sus objetivos en el ámbito laboral. Reconoció que, en algunos momentos, a lo largo de su carrera, había sentido tristeza, rabia e impotencia, y que había llorado, pero nunca en público. Lo dijo dos veces seguidas, la segunda clavando contundente la mirada sobre los que, sentados, la escuchábamos con atención: “Nunca en público. Nunca en público”. Como si ese fuera el mejor consejo que pudiera darnos: que nunca nos vean llorar.

En mis sesiones de coaching, en ocasiones, la persona a la que acompaño en su diálogo interno se emociona y llora. No son pocos los que se disculpan al hacerlo. Yo me pregunto… ¿Pero qué narices nos pasa con llorar?

PERMITIDME UN JUEGO: 

Asistí hace un tiempo a una ponencia en la que una persona de éxito contaba cómo había logrado alcanzar sus objetivos. Reconoció que en algunos momentos había sentido alegría y había reído, pero advirtió: nunca hay que hacerlo en público. En mis sesiones de coaching, en ocasiones, la persona a la que acompaño llega a una conclusión que le alegra y ríe, no son pocos los que se disculpan al hacerlo…

¿Qué os parece?

¿Imagináis que estuviéramos condenando a una expresión emocional como la risa al ámbito privado?, ¿que la creyéramos motivo de vergüenza o un gesto descortés con el otro?, ¿que solo riéramos en muy contadas ocasiones muy, muy, justificadas cuando lo ocurrido fuera “lo suficientemente fuerte” como para que fuera razonable hacerlo?

Pues lo estamos haciendo, lo estamos haciendo con el llanto. Lo reprimimos tanto, construimos unas presas tan altas y gruesas, tan sólidas y rígidas que, cuando lloramos, decimos que “nos derrumbamos”, “nos rompemos”, “nos venimos abajo”, mientras que, en cambio, cuando, ante una situación que juzgamos como muy triste o muy injusta, reprimimos el llanto decimos que nos mostramos “enteros».

Propongo un paradigma diferente, uno en el que llorar no signifique «derrumbarse», o dejar de estar «entero», si no que sirva para, por el contrario, dejar de estar «incompleto».  En el que llorar no sea una forma de expresión estigmatizada. En el que desvinculemos el lloro de la debilidad pues ¿acaso no se puede llorar y ser fuerte al mismo tiempo?

Si realmente creemos que todas las emociones son útiles, que las necesitamos a todas de la misma manera que un artesano necesita todas sus herramientas ¿debe seguir la expresión de una de ellas bajo el cerrojo del tabú?