Las personas no merecemos respeto

Las personas no merecemos respeto


Ignacio Alonso
Coach certificado por ICF
ignacio@cambyo.es

Cuando en mis sesiones pregunto a la persona a la que acompaño cuáles son sus necesidades no cubiertas, con frecuencia me encuentro con esta respuesta: “necesito respeto”.

Normalmente detrás de esa necesidad no cubierta hay un comportamiento de otra persona diferente al esperado, y una profunda creencia de que, en su lugar, el comportamiento esperado era obvio, de sentido común, todo el mundo lo sabe, no hace falta decirlo y “tiene que salir de él sin que yo se lo diga».

Pongamos ejemplos: no es puntual, mira el móvil mientras le hablo, toma decisiones sin consultármelo, etc.

Lo cierto es que, aunque somos seres sociales y parece que hay una serie de acuerdos colectivos sobre qué es respetuoso y qué no lo es, existen una multitud enorme de zonas grises sujetas a la interpretación personal.  “Llegar 10 minutos después de la hora fijada no es llegar tarde, está dentro del margen”, podrá pensar uno. “Soy capaz de mirar al móvil y escuchar, que lo haga no significa que no respete”, puede pensar otro. “Hay pequeñas decisiones que, por una cuestión de eficacia, es mejor no estar consultándolas” …. eso, zonas grises.

Normalmente rellenamos esas zonas grises con nuestra propia forma de ver el mundo, y pensamos que, los demás, obviamente, lo ven igual o, incluso, tienen que verlo igual.

Sin embargo, o transformamos esas zonas grises en acuerdos explícitos o viviremos en el mundo de las expectativas frustradas, las faltas de respeto y, en consecuencia, probablemente, del resentimiento.

Propongo un paradigma: el respeto no lo merecemos las personas, lo merecen los acuerdos.

Este paradigma nos puede ayudar a decidir cuando, ante situaciones como las descritas, se nos presentan tres opciones:

  1. Pensar que la otra persona no nos respeta. Callarnos, e irnos resentidos a casa.
  2. Pensar que la otra persona no nos respeta, decírselo y enzarzarnos en una discusión sobre qué es respetuoso y qué no lo es, quién es el bueno de la película y quién no, o sobre quién tiene que pedir perdón a quién.
  3. Pensar que estamos ante una zona gris que merece ser despejada mediante un acuerdo: un compromiso explícito para el futuro que, este sí, merece respeto. Si en el futuro el acuerdo al que hemos llegado las partes no se cumple, podremos decir que no se ha respetado el acuerdo como merece y se tendrá la oportunidad de repararlo.

La tercera opción quizás es la que más ayuda a cuidar las relaciones con los otros y la salud emocional de uno mismo, pero, aunque en teoría parece sencilla, en la práctica no lo es, pues aplicarla implica una serie de habilidades que no siempre tenemos entrenadas:

  • Implica reconocer que lo mío es una interpretación, no la verdad.
  • Implica reconocer que la interpretación de otro es tan legítima como la mía. ¿Tanto? Sí, tanto.
  • Implica mostrarnos vulnerables ante el otro: reconocer, por ejemplo, que “ese comportamiento me entristece, me duele, me enfada, etc.”
  • Implica hacer una petición de algo que muchas veces tenemos la tentación de pensar, con grandes dosis de ego, “que no tendríamos que pedirlo”.

Yo uso este sistema: cada vez que pienso que alguien me ha faltado al respeto me pregunto… ¿esa persona ha incumplido algún acuerdo explícito conmigo?

Si la respuesta es que no, probablemente estemos ante una zona gris sobre la que habrá que poner luz con una conversación.

Si la respuesta es sí, me hago otra pregunta: ¿qué me va a ser más útil, convencerme de que me ha faltado el respeto a mí o convencerme de que se lo ha faltado al acuerdo?

Lo segundo me ayuda a reducir mi nivel de resentimiento, me emplaza a tener una conversación con esa persona de cara a dejar definitivamente atrás dicho resentimiento y me permite darle al asunto la magnitud que realmente creo que tiene, pues, así, deja de estar en juego “mi dignidad” para estar en juego la cobertura de mis verdaderas necesidades que, es, al fin y al cabo, lo que más me interesa. ¿Y a ti?