Frutas, animales y otras confusiones

Frutas, animales y otras confusiones

Usoa Arregui
Coach certificada por ICF y Abogado
usoa@cambyo.es

Un profesor pregunta a sus alumnos: “¿me podéis decir dos frutas?” Los niños responden “dos manzanas”, “dos melocotones”, “dos fresas”… El profesor, insiste: “¡dos frutas!”, y los niños se quedan asombrados…¿acaso no han contestado a la pregunta? El profesor, algo irritado, les dice “¡dos frutas, como manzana y melocotón!”.

Unos días más tarde, el mismo profesor pregunta: “si hay un gato y dos perros, ¿cuantos animales hay?”, los niños responden entusiasmados “¡¡dos, dos, dos!!”. El profesor vuelve a asombrarse, “¿¡cómo que dos?!”. Pese a su desconcierto, se da cuenta de que dicha interpretación es absolutamente lógica y posible, como la que él pretendía que infirieran sus alumnos.

El otro día, tuve una reunión con unos clientes en la que quedé en que mandaría un email y después me contestarían. Ese mismo día mandé el email y me extrañó que no me contestaran en el mismo día por lo que, al día siguiente, volví a mandar un email insistiendo. Al no obtener respuesta, sentí que no habían cumplido la palabra dada y que no podía confiar en aquellas personas. Una semana después, con total tranquilidad, me contestaron. Dudo mucho de que sintieran que no habían cumplido su palabra…

¿Cuantas de estas situaciones, que relatadas de este modo pueden resultar hilarantes, pero en la práctica no las vivimos en absoluto con sentido del humor, nos complican a menudo la vida?

En la base de estos pequeños o grandes desaguisados está el asumir que el otro entiende las cosas igual que nosotros. Para el profesor es evidente que dos frutas son dos tipos de frutas; o que cuántos animales va referido al número y no al tipo de animales; o para mí que después significa en el mismo día o, a lo sumo, al día siguiente. Pero esto no es en absoluto así, tanto la interpretación que realiza el profesor, como la de los niños o mis clientes, como la mía propia, son sencillamente interpretaciones posibles de expresiones que no presentan una interpretación unívoca. Y es precisamente de esto último de lo que nos olvidamos. Muy a menudo creemos que ciertas cosas son tan evidentes que no requieren aclaración, que resulta hasta agraviante matizarlas. Sin embargo, el esfuerzo que supone especificarlas no es nada comparable con los posibles disgustos, juicios negativos o posible pérdida de confianza que produce dejarlo en manos de que, por azar (y no porque sea evidente), nuestra forma de entender las cosas coincida con la de los demás.

Por ello, siempre invito a mis clientes a regular bien las expectativas, a tratar de ser lo más precisos posibles, para que nada de lo que para ellos pueda ser importante, se interprete de una manera posible, pero poco satisfactoria. A título de ejemplo, no es lo mismo decir “estoy desbordada” que pedir algo concreto a alguien; o decir que “llegas tarde” qué decir “tardaré 10 minutos más”.

Muchas de las veces que nos sentimos decepcionados, el otro no tiene ni la más remota idea de que estamos sintiéndonos así y, si además mostramos enfado o realizamos algún reproche, hasta podemos encender la ira ajena.

Entrar en el debate de quién tiene razón es el siguiente escalón a superar, ya que realmente todas las partes implicadas llevan su parte de razón, en la medida en que su interpretación es posible y, siempre, razonable. Por eso, al menos, conviene tener ciertas dosis de humildad para escuchar con apertura la plena validez de otras posibles interpretaciones y no enrocarse en la propia. Muchas veces, escuchar de manera receptiva la lectura de la otra persona resulta más que suficiente para resolver la mayoría de los conflictos o confusiones en los que nos vemos envueltos.

Lamentablemente, desde la idea de que algo es evidente resulta muy fácil elaborar sospechas sobre un comportamiento distinto del que nos esperábamos, en la línea de reforzar nuestra postura de decepción o enfado (emitiendo juicios como “no me escucha”, “no le importa como me sienta”, “no cumple su palabra”, etc.). Por eso, me gusta decir que cada vez que pensamos que algo es obvio o evidente, tenemos “la prueba del algodón” de que no lo es.

¿Cuando fue la última vez que pensaste que algo era evidente? Yo hace unos minutos, y acabo de disculparme… 😉