El prejuicio y la intuición.

El prejuicio y la intuición.


Ignacio Alonso
Coach certificado por ICF
ignacio@cambyo.es

Se suele decir que los prejuicios son juicios que se hacen antes de observar los hechos. Yo diría que los prejuicios son juicios que se asientan sobre hechos muy sutiles que interpretamos casi de forma inconsciente.

Los prejuicios son lo que, en otro contexto, llamamos intuición.

La intuición tiene buena prensa, buen nombre. Ser intuitivo… como que queda bien. Los prejuicios, en cambio, tienen mala prensa. Prejuzgar… pues como que no mola. Sin embargo, son lo mismo. Y de la misma manera que hay dos formas de nombrarlos, tienen una faceta útil y una faceta saboteadora.

Es de noche, tarde, caminamos por una calle vacía, se nos acerca alguien, es un hombre alto y corpulento, lleva la ropa raída, camina deprisa hacia donde estamos nosotros, tiene el gesto serio, la mandíbula tensa. La intuición nos dice que es una potencial amenaza y cambiamos rápidamente de acera, Lo hacemos y seguimos nuestro camino. Recuperamos la sensación de seguridad.

Hemos prejuzgado, aunque es probable que la otra persona no fuera a agredirnos, lo hemos hecho en base a hechos: la ropa, su envergadura, su sexo, su velocidad, su gesto facial…Hemos interpretado de forma veloz, casi inconsciente, una serie de hechos para llegar a una conclusión, intuición/prejuicio, que ha activado nuestra necesidad de ponernos a salvo.

Este mecanismo, el prejuicio, o la intuición, lo estamos usando constantemente en nuestro día a día, y lo hacemos de forma tan automática, tan transparente, que acaba siendo invisible para nosotros. Nuestro cerebro interpreta una cantidad enorme de micro-hechos que a nuestra conciencia le pasan desapercibidos.

-Esa persona me inspira confianza.

-Por qué?

-No lo sé, pero lo veo confiable.

Ahí lo tenemos, un prejuició, una intuición.

Los prejuicios nos ayudan, pretenden jugar a nuestro favor, nos permiten tomar decisiones rápidas para las que no tenemos tiempo de sentarnos a reflexionar, nos ofrecen certidumbre ante al montón de incógnitas que se nos presentan cada día. Sin embargo, también nos sabotean, y mucho, pues nos encariñamos con ellos y nos ciegan.

Los prejuicios, cuando no son fugaces, cuando se instalan en nuestra forma de ver el mundo, se convierten en una materia de una dureza extrema. Como decía Einstein, “Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”.

El problema es que esos prejuicios endurecidos pueden hacer que insistamos en una conclusión una y otra vez, aunque una tonelada de hechos la contradigan.

Si prejuzgamos a alguien como “tonto”, por su forma de reír un tanto infantil, o porque nada más conocerlo se tropezó cómicamente, o porque tartamudea cuando se pone nervioso (todo ellos hechos que nuestro cerebro puede procesar en base referente culturales previos, como el arquetipo del payaso tonto que todos hemos interiorizado en nuestra infancia) y nos agarramos a ese prejuicio y no lo soltamos, es posible que de esa persona, en el futuro, veamos mucho sus errores y nos pasen desapercibidos sus aciertos. Es probable también que no tengamos en cuenta sus opiniones y, en ese caso… ¿qué nos podemos estar perdiendo? ¿Y si esa persona es un compañero de trabajo que podría aportar una visión de alto valor al proyecto que tenemos entre manos? Si fuera así, al no tenerlo en cuenta, nuestro prejuicio nos estaría, claramente, saboteando.

Por eso es bueno, de vez en cuando, parar y pensar en qué prejuicios endurecidos pueden estar saboteándonos, aunque eso pueda poner en cuestión certezas muy queridas.