El dolor no te obliga a sufrir.

El dolor no te obliga a sufrir.


Ignacio Alonso
Coach certificado por ICF
ignacio@cambyo.es

En muchas ocasiones se recibe con escepticismo algunas reflexiones de pensamiento positivo que provienen del coaching, la psicología, el mindfulness, etc.

No me parece en absoluto mal, yo mismo, coach de profesión, soy el primer escéptico ante lugares comunes bienintencionados pero que en, el mejor de los casos, son frívolos y, en el peor de los casos, son perjudiciales.

Una de esas reflexiones que producen cierto fruncir de ceño sería la de que el sufrimiento lo creamos nosotros, “está en nuestra mente”.

Claro, cualquiera que haya vivido una desgracia recientemente y esté pasando ahora por malos momentos puede pensar que esa frase es falsa e incluso de mal gusto.

No soy nada amigo de las máximas simplificadoras precisamente porque pueden generar ese legítimo y absolutamente comprensible rechazo al no tener en cuenta lo compleja que es la realidad.

Lo primero que quiero decir es que estoy de acuerdo con la idea de que la principal fuente de sufrimiento no está fuera de nosotros, sino que somos nosotros mismos. Pero, para poder afirmar esto, antes debemos tener clara la diferencia que existe entre dolor y sufrimiento.

Evitar el dolor escapa de nuestras capacidades, pues es un acto reflejo ante el cual no tenemos nada que hacer. Tanto el dolor físico, si te pinchas, te caes, te sale una caries o tienes migraña, como el dolor emocional ante, por ejemplo, una perdida.

El dolor simplemente aparece. Luego el cuerpo se encarga de reparar aquello que está dañado, con ayuda profesional externa si es necesario, y desaparece. Es una señal normal de que hay alguna cosa que debe revisarse. Si es puntual cumple una función protectora, si es continuado o crónico nos avisa de que debemos cuidarnos mejor o cambiar algo.

El sufrimiento en cambio es mental y es evitable, es un ruido constante de mensajes dañinos. Con él nos aferramos, luchamos, le decimos no a la pérdida, al cambio, y en ese camino nos agotamos y nos desgatamos sobremanera.

El sufrimiento no tiene como causa el estímulo que provoca dolor, el sufrimiento lo genera lo que nos decimos a nosotros mismos ante ese estímulo.

Si nos despiden del trabajo probablemente sintamos dolor ante esa pérdida. Pasaremos un duelo, y es en ese proceso cuando tenemos ante nosotros la opción de sufrir o no. Podremos decirnos cosas que nos desgasten “no encontraré trabajo”, “soy un incompetente”, “nunca perdonaré a menganito”, “la vida es un asco”, “a todo el mundo le va bien menos a mí”. Todos estos pensamientos son la causa de sufrimiento y no el estímulo primigenio, que sería el despido.

La buena noticia es que si esos pensamientos los generamos nosotros y nadie más que nosotros, en nuestra mano está salir de ellos y sustituirlos por otros. “Tengo una enorme cantidad de cosas fantásticas en mi vida”, “mis logros hoy han sido…”, “hay un mundo de oportunidades ante mí”

No neguemos el dolor, es parte de la vida, está ahí y reprimirlo es ser insincero con uno mismo. Pero al mismo tiempo, no alimentemos nuestro sufrimiento, pues nos sabotea y nos desgasta… y es que cuando sufrimos estamos siendo nuestro peor enemigo.